¿Morir sin disparar un tiro?

Walfrido Romero Agüero, combatiente de Playa Girón, narra sus vivencias en la batalla contra los invasores hace 50 años y sus misiones en la entonces Isla de Pinos
Por: Alexis Quiala Ferrer y Sandra Ávila Fabier/ estudiante de Periodismo
Fotos: Gerardo Mayet Cruz y cortesía del entrevistado
Domingo, 13 de marzo del 2011

No siempre tenemos la oportunidad de conocer a alguien tan convencido de su posición por la Revolución como Walfrido Romero Agüero, combatiente de Playa Girón, constructor, miliciano y patriota a carta cabal.

 

 

Hoy Walfrido pasa de los 78 años, y mantiene el mismo amor por el proceso encabezado por Fidel Castro desde su juventud.

“Yo nací en Oriente y en los cincuenta me mudé para La Habana buscando ampliar mis horizontes.

Trabajé en múltiples oficios y me destaqué en la Construcción, donde me relacioné con los revolucionarios y al triunfo fui de los que di el paso al frente.

“Cuando se formaron las milicias me sumé a las de Marianao. De allí salió un batallón, el 120, conocido como el batallón de los artistas, por la cantidad de trabajadores de la Cultura. Entre sus integrantes más conocidos estaba el locutor Manolo Ortega, con quien alternamos y llegamos a tener una gran amistad.”

Sentados en el portal de su vivienda, en el reparto Abel Santamaría, en Nueva Gerona, Walfrido nos cuenta los momentos terribles y anecdóticos de la batalla de Girón.

HACIA PLAYA LARGA
“Tuve la oportunidad de estar presente en el entierro de los caídos por el ataque de los aviones mercenarios y ver a Fidel cuando declaró el Carácter Socialista de la Revolución cubana. Mi batallón estaba allí y salimos dispuestos a pelear contra el enemigo.

“Llegamos el 18 al central Australia, fue una madrugada larga, desde la capital. Escondido entre las cañas, sentimos el vuelo de un avión que venía a atacar la instalación. Se nos ordenó no hacer fuego y pensé: ¡Carajo! ¿Acaso voy a morir aquí sin disparar un tiro?

“Nuestros artilleros antiaéreos fueron certeros y derribaron el avión agresor, rodeamos el área donde cayó el B-26 y vi cómo sacaban a un piloto herido. Luego avanzamos hacia Playa Larga; primero en camiones y cuando nos atacó otro avión… a pie, en una extensa jornada. Éramos el segundo escalón de combatientes.”

“La marcha se hizo cada vez más fatigosa. Detrás de nosotros iba la artillería. La oscuridad nos alcanzó cruzando la ciénaga y nos mandaron a desplegarnos. La noche del 18 para el 19 fue larga. El fango, los mosquitos y los cangrejos eran nuestros enemigos. De pronto, aclaró, por la cantidad de disparos de nuestra artillería terrestre, los proyectiles nos pasaban por encima y las trazadoras convirtieron la noche en día.

“Fue un momento inolvidable: al frente los enemigos bombardeados por nuestras fuerzas, en el centro nosotros, en el fango, luchando contra mosquitos y cangrejos, pero cerrando el paso a los fugitivos y detrás la artillería con su tronar de muerte.”

PEINANDO LA CIÉNAGA
“Éramos jóvenes y con poca experiencia, por eso nos sentimos alarmados cuando conocimos de las noticias de la radio enemiga, donde se hablaba de la muerte de nuestros compañeros, la destrucción de La Habana, la pérdida de las familias. Fueron momentos difíciles; pero seguíamos firmes.

“Cuando supimos la verdad nos llenó de alegría, fue gracias a Fidel, quien de regreso de Playa Girón nos comunicó el triunfo sobre los mercenarios. Iba a reunirse con el pueblo, aquello fue muy grande. Nos volvió el alma al cuerpo. En Playa Larga capturamos un bote dejado por los mercenarios con la calavera y todo. Era el símbolo del miedo, pero fueron ellos quienes corrieron.

“Creíamos que al llegar a Playa Larga viraríamos, y no fue así; nos dejaron peinando la ciénaga y capturando mercenarios hasta el 23 de abril. Ese día nos montaron en camiones y llegamos a La Habana. Pensábamos bajar a ese lugar, pero los vehículos siguieron hasta el límite con Pinar del Río y nos destacaron allí hasta el 15 de junio. Solo salimos el primero de mayo y desfilamos con el resto de las milicias que combatió en Playa Girón.”

AQUÍ ESTOY
“Después del 15 nos trajeron para la entonces Isla de Pinos. Este territorio era deseado por los americanos y podía ser invadido. Aquí estuvo el batallón 120 hasta el 15 de septiembre.

Primero en el campamento cercano a La Fe, en la zona de Lumumba y luego en la cueva de Punta del Este, durante 30 días. Eran 995 hombres sobre las armas, en esta Isla, cuidando las costas.

“La última gran emoción de ese 1961 fue en septiembre. Regresamos en camiones y entramos por Quinta Avenida, a la altura de la playa de Marianao. Cuando empezamos a recorrer la avenida, el pueblo estaba reunido a ambos lados, vitoreándonos y lanzándonos flores. Fue algo indescriptible; todos nos emocionamos. Luego paramos en Quinta y 88, donde estaba la sede del batallón y recibimos la mayor bienvenida de mi vida.”

Walfrido y la esposa nos llenaron de atenciones hasta el momento del adiós. Y entonces nos dijo que para él ser revolucionario no es vivir de las glorias pasadas, sino seguir aportando al desarrollo del país y continuar defendiendo la Revolución.

“Por eso aquí estoy, con mis años, con un cargo en el CDR, otro en la asociación de base de la ACRC y en lo que haga falta. Porque esto hay que defenderlo siempre.”

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