El miliciano y el mercenario.

Por Alexis Quiala Ferrer

Foto: Gerardo Mayet Cruz

Fotógrafo Gerardo Mayet Crúz. Habían concluido los duros combates en Playa Girón, Playa Larga y esa zona de la Ciénaga. Mientras que muchos combatientes celebraban la victoria y Cuba daba a conocer al mundo la derrota del imperialismo yanqui, varios batallones de milicianos peinaban el centro sur del país, buscando mercenarios evadidos.

Uno de ellos era Rafael Reyes Rivero, ahora con 73 años, algunas canas y 50 años de recuerdos de aquella etapa.

Los 1 500 hombres de nuestro batallón peinábamos los montes y manglares de la Ciénaga donde se combatió a los mercenarios. Muchas veces el fango nos daba a las rodillas, pero teníamos la orden de capturarlos, también las armas, embarcaciones y todo lo que perteneciera a la fuerza invasora.

Fueron diez días de constante movimiento y ajetreo dentro del fango, chocando con los cangrejos y nubes de mosquitos azotándonos; habíamos ganado, nada nos importaba por lo que la captura de los enemigos y el fango nos parecía fácil.

Quien no haya recorrido la Ciénaga de Zapata, como nosotros, no te podrá contar bien cómo era aquellos. Mi compañero había capturado a siete mercenarios. Todos tenían el miedo reflejado en el rostro y la derrota en sus temblorosos cuerpos”.

Rafael hace un alto, prepara un poco de café y me lo sirve. Se pasa una mano por la cabeza; es como si quisiera traer más cerca los recuerdos del joven de 23 años, vestido de miliciano y metido en la Ciénaga.

Al mediodía, en una de esas jornadas hacemos un alto para almorzar y mi compañero y yo nos apartamos cuando noté un movimiento entre unas matas. La experiencia me había aguzado la vista. Era un mercenario que huía…

Le hice una seña a mi compañero Puro Enrique País, primo de los hermanos País, los mártires, y nos lanzamos tras él. En un pedazo de monte se había escondido.

– “Sal de ahí hijoeputa, le grité. –Te estamos apuntando y vamos a disparar. Salió temblando, con las manos en alto. Nos pedía que no lo matáramos. Para calmarlo le dije que no se preocupara que nosotros no éramos asesinos como ellos.

Como defendiéndose nos repetía, -yo no soy un asesino, yo no soy un asesino. Tendría unos 18 o 19 años, casi igual que muchos de nosotros. Lo registramos y no tenía armas.

Caminamos con él unos 200 metros para entregarlo en el punto donde se concentraban a los detenidos. Al entregarlo se me quedó mirando. Parece que pensaba que allí lo iban a fusilar, y con voz suplicante, delante de todos mis compañeros, me dice: -¡Yo te conozco a ti! ¡Yo te conozco a ti!”

El anciano que estaba delante de mí comenzó a golpear la mesa con las manos, los ojos le brillaban. Volvía a vivir esa etapa de abril de 1961. Ya no estaba en su pequeño apartamento; sino en medio del monte, capturando a aquel mercenario, llevándolo preso y recibiendo una de las mayores sorpresas de su vida.

Te juro que se hizo un silencio terrible, los ojos de los presentes se viraron hacia mí y yo casi me di un susto del carajo. Reaccioné con furia y le pregunté: -¿De dónde coño tú me conoces? ¡Mira…!

Con voz entrecortada repetía: –Sí, te conozco, te conozco, de Cárdenas; muchas veces jugamos pelota en un placer cerca de la línea. Tú jugabas con nosotros. Eras el esposo de María Muñiz.

¿Y tú de quién eres familia?, le pregunté. –Soy el hijo de Martel, el dueño de la ferretería que estaba cerca de la escuela. –¡Ayúdame, que no me maten, que no me maten!

En ese momento ya las tensiones habían bajado y los compañeros empezaron a reírse, a hacerme muecas y a joderme. Me cogieron para el bonche por largo rato. Yo seguía encabrona’o; porque ser casi amigo de un mercenario no era fácil. Y haber jugado pelota con él. ¡Figúrate cómo pasé el resto de los días!

El muchacho nos contó que lo habían reclutado en Miami y entrenado en Guatemala. Las armas las enterró cerca de donde lo capturamos. A esa altura me dio un poco de pena y aunque luego la gente me acusara de amigo de un mercenario lo consolé y le expliqué que allí nadie lo iba a matar. Se calmó y lo llevaron con los demás.

Quiso hasta darme la mano; pero eso sí que no, ya tenía bastante con las bromas de mis compañeros por conocerlo. Si le doy la mano sería entonces el amigo del mercenario y eso no lo iba a permitir.

Regresamos el 29 de abril y cuidamos la escuela donde ellos estaban presos; pero no lo volví a ver. Sé que lo cambiaron por compotas y medicinas, como a la mayoría. Espero que la experiencia le haya servido de lección y hoy sea un hombre de bien.

Nunca más supe del mercenario que capturé en la Ciénaga.

Esa acción, los muertos y heridos y las manos que nos estrechó Fidel, en el central Australia, son mis grandes recuerdos de Playa Girón; 50 años después, aun en la distancia, son vivencias que no puedo olvidar”.

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