NATALICIO DE GUILLERMO MONCADA

 Un hombre de nuestros tiempos

Por Alexis Quiala Ferrer

moncada

Moncada

Si Guillermo Moncada hubiera vivido en la etapa de la Revolución habría integrado el ejército Rebelde: honrado, valiente, honesto, enemigo de las injusticias, el gran negro, conocido por sus amigos como Guillermón, hijo de Dominga Moncada, sería uno de los soldados más admirados de la tropa de Fidel.

Pero no fue así: Guillermo Moncada y Veranes, nació en Santiago de Cuba el 25 de junio de uno de los héroes más sobresalientes de las gestas independistas cubanas en contra del colonialismo español.

Sus compañeros de armas lo llamaban Guillermón, por su estatura y coraje en las batallas.

Hijo de una familia negra muy pobre, estuvo entre los primeros en incorporarse a las filas insurrectas en 1868, y gracias a su valentía, inteligencia y sagacidad, ascendió a General del Ejército Libertador.

De niño aprendió a leer y a escribir. De mozo, se hizo carpintero, oficio con el que supo ganarse el pan que comía. Por su estatura, casi gigantesca, sus amigos le llamaron Guillermón, sobrenombre que fue anuncio de terror y augurio de pánico entre las fuerzas integristas que representaron en Cuba la colonia y la tiranía.

A las órdenes del comandante Antonio Velázquez entra en fuego por vez primera, mereciendo por su valor el primer grado en la milicia rebelde. Después de otros combates, logra su ascenso a capitán. Y es entonces que comienza su figura a tomar relieve, su personalidad a destacarse entre la pléyade de los libertadores. Cuando, en sustitución de Donato Mármol, fue nombrado Máximo Gómez Jefe del Departamento oriental, y quiso conocer personalmente a todos los jefes de fuerzas que habían de operar a sus órdenes, cuentan que el coronel Policarpo Pineda, al llevarse a cabo la revista de las tropas suyas, se adelantó, y señalando a Guillermón, dijo —General Gómez, le presento a mi primer capitán, porque es bueno y se puede tener confianza en él.

Cuando el General Gómez, efectuada esta revista, concibe el propósito de atacar el poblado de Ti-Arriba, le confía la vanguardia de la columna en marcha. Apenas habían adelantado algunos tramos, se divisa al enemigo. El general Gómez le ordena que rompa el fuego y avance. Como si llevara dos espuelas clavadas al espíritu, arremete Moncada a la tropa española, la cual, sorprendida, se desmoraliza y huye precipitadamente. En este encuentro fue herido en el pecho, por lo que se vio en la necesidad de aceptar su baja y atender a su curación. Largos días se vio lejos del somatén de los combates, al cabo de los cuales volvió a unirse al general Gómez, dispuesto a conquistar nuevos lauros. Herido grave el coronel Pineda, es nombrado Guillermón comandante y jefe de la tropa que aquél mandaba.

Al hacerse cargo de las fuerzas de Pineda se le ordenó tratara de evitar los abusos que venía cometiendo en la jurisdicción de Guantánamo el integrista cubano Miguel Pérez y Céspedes, que al frente de su guerrilla asolaba los cafetales cuyos dueños eran adictos a la causa de la libertad, y los custodiaba y defendía cuando eran sus dueños amantes de la colonia.

Guillermón, en marcha por un camino, encontró un papel en el que se leía: “A Guillermo Moncada, en donde se encuentre. -Mambí: No está lejos el día en que pueda, sobre el campo de la lucha, bañado por tu sangre, izar la bandera española sobre las trizas de la bandera cubana.- Miguel Pérez y Céspedes.

Al dorso del mismo papel, dicen que Guillermón escribió y dejó caer luego en el mismo sitio: “A Miguel Pérez y Céspedes, en donde se hallare.- Enemigo: Por dicha mía se aproxima la hora en que mediremos nuestras armas. No me jacto de nada; pero te prometo que mi brazo de negro y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria. Y siento que un hermano extraviado me brinde la oportunidad de quitar el filo a mi machete. Mas, porque Cuba sea libre, hasta el mismo mal es bien.- Guillermón.”

En la zona ocupada por los cafetales de Guantánamo se encontraron, al fin, Moncada y Pérez. El cubano, después de cinco horas de rudo batallar, ordena una carga al machete, entrando él primero, por entre las huestes contrarias, despedazándolas. En la lucha, cuerpo a cuerpo, cayó Miguel Pérez . Con el parte del combate, rendido al general Gómez, le envió Guillermón las insignias militares del terrible jefe de las escuadras de Guantánamo. Por su comportamiento en esta acción fue ascendido a Teniente Coronel.

Después de alcanzada esta victoria, continuó peleando con más ardor si cabe. En la Indiana toma participación, y más tarde en el encuentro que contra una columna al mando del general español Palanca tuvieron los cubanos, acaudillados por Gómez. En esta función de guerra, Moncada cargó nuevamente al machete, haciendo una carnicería. Pero al terminar la faena, sus compañeros tuvieron que levantar en brazos el cuerpo del héroe, herido en un muslo por el plomo del adversario.

Antes de los dos meses ya se encontraba de nuevo en disposición de arremeter, al frente de los suyos. Moncada, después de esa su segunda herida, tomó parte en las acciones de Báguano, Samá, Los Palos, El Capeyal, Holguín, Las Cabezadas de Báguano y El Zarzal, combate éste donde el propio Guillermón, en lance personal, le arrancó la vida al Teniente Coronel español Sostrada. Hecho tan singular le valió las estrellas de coronel.

Pasa al Camagüey, donde toma parte en la acción de El Naranjo, una de las más gloriosas de nuestras guerras de independencia. En El Naranjo es nuevamente herido, lo que le priva de hallarse más tarde en la batalla de Las Guásimas.

A curarse pasó Guillermón a la jurisdicción oriental. Apenas se siente bueno, se incorpora a las fuerzas de Antonio Maceo, entonces Jefe de aquella División. Al lado del Titán de Bronce, estuvo hasta que, después de la protesta de Baraguá, aquél marchó al extranjero. Y cuando, disuelto el Gobierno de la República, y sin fe los militares, llegó la hora de la disolución, Moncada, como quien ha cumplido todo su deber, y se retira, triste, pero rumiando esperanzas.

Con La Guerra Chiquita, los cubanos se lanzan al campo de batalla, la revolución del 79 le dicen a este momento. Nada se ha cumplido y los patriotas tratan de conseguir, con las armas lo que no se cumplió en el Zanjón.

Moncada, fiel a su juramento, volvió a la lucha. En unión de José Maceo y Quintín Banderas abandona la ciudad de Santiago de Cuba. Reducidos a poco los cubanos, tuvieron nuevamente que entablar negociaciones con las españoles. Pero las negociaciones entabladas entonces fueron más dolorosas y más inicuas que las anteriores. Los bravos jefes de esa mueva intentona fueron, unos muertos calladamente y otros enviados a los presidios de África. A España fue trasladado Guillermón junto con el general Calixto García, el de la frente gloriosa…

Al abandonar el presidio volvió a Cuba, a su Oriente. Allí supo de la creación del Partido Revolucionario Cubano, la obra de Martí, y se puso a conspirar en espera de la hora en que había nuevamente de tomar el camino de la manigua.

Dos días antes del 24 de febrero de 1895, Guillermón, con conocimiento de la orden de levantamiento, se echó al monte.; pero no era ya el Hércules invencible de la guerra grande. Comido por la tisis, había salido poco menos que moribundo, porque no concebía que los cubanos estuvieran peleando por su libertad y él no fuera de ellos. Un mes y medio escaso duró aquella existencia preciosa bajo la enseña de la rebeldía.

Hoy muchos lugares de Santiago de Cuba llevan su nombre y una larga estela de sus victorias y rebeldías, su estatua de general brilla al sol y muchos admiran su bravura.

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