Un ángel de carne y hueso

Por María del Carmen Companioni Montero (Estudiante de periodismo) y Alexis Quiala Ferrer

La historia del sepulturero del cementerio de Nueva Gerona, llena de emoción a quienes lo escuchan. Aquí en pocas lineas una versión de la vida de ese hombre.

Los días en la vida de Ángel Suárez, el sepulturero del cementerio de Nueva Gerona, comienzan alrededor de las seis de la mañana. Es necesario que llegue temprano para sustituir al custodio que trabaja por las noches en el cementerio.

Poco a poco se viste: pantalón claro, camisa de mangas largas y una gorra donde se lee Cuba. Pero suele andar con un trozo de madera, un palo del tamaño de un bastón y que le sirve para ayudarse a caminar y “por si es necesario defenderme”, según dice él.

junto a la tumba del maestro

Lito junto a la tumba del maestro

Un poco de café para empezar activo y se marcha al cementerio. La distancia es de alrededor de dos kilómetros. Ángel por más de cuarenta años ha ido por las mismas calles y doblando en las mismas esquinas…

ACLARACIÓN NECESARIA

Siempre es impresionante entrar a un cementerio. A mi me sucede algo raro; me inquieta sobremanera penetrar a un camposanto. Esta es la vez que más tiempo he estado en uno y fue para conocer a Lito. Mientras lo buscaba me topé con un grupo de personas que limpiaban huesos humanos, cada uno en su rincón, llorando, mientras que los huesos de su ser querido pasaba por sus manos. Fue algo escalofriante. Aunque conocía a algunos, nadie me vio, ni me saludó. Todavía guardo la imagen de una señora conocida que, con los ojos enrojecidos y gruesas lágrimas recogía y limpiaba una osamenta completa.

Días después, al hablar con un amigo acerca del caso. Me explicó que tuvo que hacer ese trabajo con dos difuntos. “Es muy impresionante y deprimente. Pensar que eran personas que conociste, reían y conversaban contigo. Claro que no ves a nadie en esos momentos. No fue sólo limpiar los huesos; antes de echarlo en el osario tienes que contarlos uno por uno”.

A la entrada donde están los ángeles

foto: Arturo Enamorado – lito sepulturero

UN POCO DE HISTORIA

Hace más de cuarenta años se ve a Lito por los senderos. Con casi dos metros de alto, la piel quemada y el pelo canoso, que esconde bajo una gorra. Camina encorvado, a paso lento y en silencio. Camina como si lo hiciera por la casa donde nació, podría ir a ciegas. Conoce cada detalle del lugar, cada rincón y a cada uno de sus protegidos.

Se nombra Ángel Suárez, aunque a veces él mismo se confunde por un nombre que le añadieron en su certificación de nacimiento: Custodio. Como si desde el primer momento estuviese encomendado a custodiar, a velar a otros. Como si la naturaleza misma lo hubiese nombrado. Ángel Custodio Suárez.

Ángel nació en Cabonico, en Holguín el 2 de mayo de 1941. Durante el nacimiento, su madre fue atendida por una partera llamada Mercedes, y que más tarde se convertiría en la madre adoptiva del niño.

Un encuentro entre él, una hija de Mercedes y algunas sobrinas, nos ayuda a conocer un poco más sobre su vida. En la familia, Ángel es sencillamente Lito. Cuenta Andrea, su hermana adoptiva, que: “de chiquito le decían Angelito, pero con el tiempo solo se le quedó en Lito”.

Cuando Lito tenía como cinco años su mamá se lo entregó a mi abuela, junto a dos hermanitos más, para que los criara. Eran de los más chiquitos”, recuerda Carmen, una de las hijas de Andrea que, al ser casi contemporánea con Lito, se crió junto a él.

Y así fue; Lito estuvo siempre junto a Mamá Mercedes hasta que ella murió a los 119 años. Vivió con ella en Oriente y luego aquí, en la Isla de la Juventud, siempre en su casa.

–¿Lito, fuiste a la escuela?–

Me mira, sonríe y una mezcla de pena e inocencia transforma su rostro.

Sí, yo fui muchas veces a la escuela…” me responde como tratando de esquivar la pregunta.

–¿Y hasta que grado?—

Entonces baja la cabeza y sonríe nuevamente.

Bueno…, yo… me quedé bruto. Yo me quedé en tercer grado y ya”.

Pero la vida da muchas vueltas y ya para la década del ’60 la familia se había mudado para la Isla de Pinos. Allí la Revolución desarrollaba relevantes transformaciones económicas y sociales.

Ángel se incorpora a diversas brigadas de trabajo e integra grupos voluntarios de vigilancia convocados por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).

¿QUÉ RECUERDA LITO DE ESA ETAPA?

El trabajo del cine. A mí eso de acomodador de cine me gustaba mucho, porque me entretenía con las películas graaandes de Julio Iglesias y la de Manos Torpes”.

Ángel, después de acomodar a las personas, disfrutaba las películas. Esto lo hacía los domingos, como trabajo voluntario, nos confesó en el cementerio.

Parece que esa afición caló muy hondo en él, aún hoy cuando está en la casa se sienta frente al televisor a ver el noticiero y las películas. Y aunque muchas veces no le da tiempo a leer los subtítulos, parece absorbido por la trama. Quizás inventa su propia historia cuando no comprende o les da otro final a los personajes.

Eloy Efraín Juliá Terra, administraba los servicios necrológicos en el municipio, le propone irse a trabajar al cementerio de Nueva Gerona.

Fue en el año ’75, el llegó a la casa de mi hermana donde yo estaba almorzando y de nuevo me dio una charla…hasta que al final yo le dije que está bien, iba a empezar”, rememora.

Aun cuando las jornadas podían extenderse hasta la noche, aunque en ocasiones tuvo que trabajar solo, Lito se fue acostumbrando a la tarea de acompañar a los muertos y sus parientes, hasta llegar a defender esa acción.

LOS FAMILIARES CUENTAN

Cuando él empezó a trabajar en el cementerio aquí en la casa le decíamos que mejor se buscara otro trabajo, porque imagínese todo el tiempo ahí en ese lugar…” nos cuenta Leonor, otras de las hijas de Andrea, “pero él nos decía que no, que ese sí era un trabajo y que alguien tenía que hacerlo”.

Jocosamente preguntamos a Ángel si le tiene miedo a los muertos. Ríe a carcajadas y recuerda que muchas veces se quedó solo por la noche en el cementerio y tenía que enterrar a alguien, algunos sin la familia siquiera. Entonces le decía al cadáver: “usted tranquilo ahí que yo voy a ir a buscar las cosas para enterrarlo”.

Llega y le confirman que ya hay trabajo, es decir enterramientos. Uno a las nueve de la mañana y otro a las dos de la tarde.

Me impacta la naturalidad con la que se habla de sepelios, muertos, causas de defunción allí. Todo lo relacionado con esos temas siempre me causa un gran desconcierto, sin embargo para los trabajadores, ese es sencillamente, como el pan de cada día.

EL TRABAJO EN EL CEMENTERIO

Antes de que lleguen las nueve de la mañana es preciso buscar el lugar donde se va a enterrar al difunto y preparar todas las condiciones.

Luego de unos minutos llega el carro de la funeraria y la familia del muerto. Quien murió se llamaba Marta y tenía 45 años de edad. Fue devorada por un cáncer de pulmón en menos de cinco meses.

La llevan hasta el lugar indicado y las personas rodean el foso. Aún desde lejos el panorama se percibe muy triste. Hay alrededor de treinta personas entre familiares y conocidos. Una niña llora mucho. Tiene alrededor de diez años. Podría ser su hija.

Allí está Ángel. La cabeza baja. Ha estado en el lugar de los familiares y sabe lo que sienten. Además lleva ya mucho tiempo en ese trabajo como para saber que el respeto es lo primero en estas situaciones.

Un paso hacia delante y los sepultureros más jóvenes también lo siguen. Una mano que baja es la señal de descender el ataúd. Poco a poco. No puede haber errores. Todo tiene que quedar en su lugar.

Finalmente el féretro toca el fondo. Un poco de tierra y las flores de la familia como ofrendas. Cierran la tumba y el “en paz descanse” está dicho.

Todos se empiezan a marchar y los familiares se quedan un tiempo más. Quizás es fácil despedirse de alguien para siempre, lo difícil son los momentos que vienen después. Los recuerdos, la nostalgia…

Por ahora termina el trabajo para los del cementerio. Dentro de unas horas tendrán de nuevo que preparar otro lugar. Bajar otro ataúd. Ver más llantos y sufrimientos.

Sobre todo Ángel es alguien muy disciplinado. Es el primero que llega y el último que se va. Es un ejemplo para todos aquí”, señala Alfredo Cuba, compañero de trabajo de Lito.

A mi pregunta de qué era lo que más le gustaba, Ángel sencillamente me responde: “nada, estar aquí, trabajar con mis compañeros y que todo esté bien y limpio”. También me enseña las tumbas que más le agradan, la del maestro (1) y la grande de la entrada (2).

REGRESO AL HOGAR

Ángel se marcha a la casa sobre las seis y media de la tarde. Después que llega el custodio que lo recibirá en la mañana.

Va por las mismas calles y nuevamente dobla en las mismas esquinas. Actualmente Ángel vive con Andrea, su medio hermana de 96 años y Victoria hija de esta última. Al llegar les cuenta cómo le fue la jornada, cuántos entierros tuvo y quiénes eran los fallecidos.

Luego del baño y la comida, al televisor. Se sienta en frente. Su condición de gran espectador le ha hecho ganar el mejor puesto, el de mayor visibilidad. De nuevo a ver el noticiero y las películas que probablemente no pueda leer. Entonces deducirá los finales, o los inventará y convertirá actores malos en buenos.

Pero tantos años de trabajos no pasan en vano. Ángel ha recibido varias distinciones: dos medallas de Vanguardia Nacional del Sindicato de Trabajadores de la Administración Pública, otra por los servicios de vigilancia prestados a los CDR y la distinción Enrique Hart por su desempeño.

Pero fuera de su trabajo solo está su familia. Según cuentan nunca se le conoció ninguna relación amorosa. Sin embargo, él me confiesa que sí guarda dos nombres en su corazón: Aida y Asturias, dos mujeres que le hicieron compañía en muchos momentos de su vida.

El tiempo para descansar casi ha terminado para él, nuevamente su deber lo llama. Sin siquiera pensar en un retiro, aun cuando ya tiene setenta y un años.

–¿Y qué piensas hacer de aquí a cinco años?–

aquí… igual, trabajando hasta que pueda”, me responde a media voz.

–¿Y no piensas en la muerte?,–

No…eso es cuando llegue y ya”, y cierra la conversación con una sonrisa.

Lito es una de esas personas de las que quedan pocas. De esas que van con el alma pura y la conciencia limpia. Que aunque para muchos no existen, han estado toda la vida sirviendo a los demás.

En mi interior sí creo que existan ángeles en los cementerios. Más allá de las historias de abuelas y mayores. Ahora sé que en el campus sanctus de Nueva Gerona habita uno. No sé si enviado por alguien, pero de carne y hueso.

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