Sardiñas Cura y revolucionario

Con sotana de verde olivo

Por Alexis Quiala Ferrer
Fotos Archivo
El 21 de diciembre de 1964 el padre guerrillero y Comandante del Ejército Rebelde, Guillermo Sardiña, vistió su sotana verde olivo y se dispuso a salir del Hospital Piti Fajardo, en La Habana, lugar donde estaba ingresado por padecer de una hipertensión crónica.
Los médicos que lo atendían se negaron a dejarlo salir; pero él insistió:
“No tienen que exagerar; sólo voy a un compromiso, oficiaré una boda en la parroquia Cristo Rey y regresaré. Me duele un poco la cabeza, pero ya me tomé una pastilla.”
Fue tan fuerte su insistencia que a los galenos no les quedó más remedio que dejarlo ir. Fue la última vez que lo vieron con vida. Falleció esa misma tarde.
padre sardiñas 1
El padre Sardiña provenía de una familia muy humilde, era modesto y sencillo. Nació el 6 de mayo de 1917 en Sagua La Grande, en la región central de Cuba, su modesta familia tenía raíces católicas. Compartía con todo el mundo. Fue designado sacerdote en Cienfuegos y el 30 de noviembre de 1941 ingresa a la parroquia de Corralillo.
Las personas que lo conocieron lo caracterizaban como un padre muy popular: realizaba cualquier tarea como jugar al dominó; montar a caballo, le gustaba la música y el cine, hacía cuentos; jugaba al béisbol con los niños y con los adultos en la novena del pueblo; visitaba a los campesinos, y realizaba trabajo de bautizo sin cobrar nada y hasta organizaba actividades fiestas para recrear a los jóvenes.
Fue en el Seminario San Basilio el Magno, en la antigua provincia de Oriente, donde a los 19 años culminó sus estudios, y donde recibe la prima clerical tonsure, que oficializa el inicio de su condición sacerdotal, en la Iglesia Catedral de Santiago de Cuba.
Cinco años dedica a cursar la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma. A su regreso de Italia en 1941, cuando ha estallado la Segunda Guerra Mundial, es ordenado presbítero en la Catedral de Cienfuegos y designado cura ecónomo de la iglesia parroquial de Corralillo, en Las Villas, el 30 de noviembre de 1941.
De Corralillo a Palmira, a Vueltas, a El Jíbaro en la Sierra del Escambray, comunidades todas humildes a través de las cuales se da su inserción entre las clases más pobres, lo que le permite ejercer su bondad innata, su amor por el prójimo desvalido y, al mismo tiempo, aprehender, viviéndolo, cuán humano e injusto es el sistema socio-económico prevaleciente en la entonces república del bochorno.
Es la etapa fortalecedora de sus convicciones cristianas y revolucionarias. Desde el primer momento sus parroquianos van integrando una imagen muy peculiar de este hombre físicamente delgado, de apariencia frágil, modesto, algo tímido, desinteresado, que no cobra los servicios a las gentes pobres, que incluso paga el alquiler de las viviendas misérrimas de algunas familias abocadas al desahucio y sostiene económicamente la educación de algún que otro niño.
Pero, en humano contraste, es apasionado y enérgico en sus criterios, de gran valentía personal, capaz de abofetear a un politiquero insolente y de retar con los puños a un interlocutor en discusión acalorada. Es un fuerte crítico del fariseísmo de algunos ricos que se dicen cristianos y explotan inmisericordemente a los pobres. Luchador tenaz contra la discriminación racial y de la mujer. Y nada sectario; nada le impide visitar en sus hogares a honestos trabajadores marxistas que gozan de su amistad.
Muy poco común este franco cura pueblerino. Sin sirviente ni cocinero, se le ve día a día comer en las fondas más baratas de los pueblos, y jugar dominó o cubilete en lugares públicos donde se bebe, sin temer a las críticas de algunas beatas.

Constante animador de proyectos sociales, culturales y deportivos en las comunidades por las que transita su magisterio, es severo fiscal que condena las numerosas lacras que laceraban aquella sociedad. No es extraño que el padre Sardiñas acepte de sus feligreses la propuesta de candidatura para alcalde y para representante a la Cámara durante su tránsito presbiteral por Palmira. Ni puede extrañar el veto a tales aspiraciones por parte del aristocrático Obispo de Cienfuegos, su jerarquía inmediata superior. Ni el coraje de este humilde cura al enfrentarse a esta misma instancia clerical cuando encabeza un movimiento de protesta de jóvenes sacerdotes cubanos contra el arbitrario manejo del escalafón de promociones parroquiales en la jurisdicción de ese obispado.
Insumiso ante la falta de equidad, apeló al palio cardenalicio. Vino a La Habana y aquí se mantuvo en espera de una solución justa. De esa manera, es nombrado párroco de Quivicán, desde donde atendía también la iglesia de Alquízar. Y matricula la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, de la que cursará los tres primeros años. Luego es designado nuevo presbítero de Nueva Gerona y llega a la pequeña Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, el 27 de febrero de 1954.
De alguna manera, Sardiñas transmitía estos sentimientos a sus feligreses desde el púlpito, y más aún, en su conducta pública y en las conversaciones privadas con los compañeros de la dirección local del Movimiento, en especial con Melba Hernández, miembro de la Dirección Nacional del M-26-7 en ese entonces, y con otros compañeros que no tardaron en contarlo entre sus filas.
Cooperó económicamente y se ofreció sin condición alguna para otras tareas clandestinas. Pero él consideraba que todo eso era insuficiente. De manera que tomó una decisión trascendental para su vida y se la expuso a muchos compañeros:
“Les dije que cinco, diez o veinte pesos que les diera no iban a resolver nada. Mi ánimo como cubano, palpando el ambiente de pueblo, me indicaba que yo debía ir a la Sierra Maestra, y me ofrecí porque sabía que no sólo eran cubanos necesitados de ayuda espiritual, sino porque yo me comprendía parte del pueblo”.
Aprobado ese propósito por Fidel, el padre Sardiñas rebosa de alegría. Estando todavía en Nueva Gerona, de inmediato insiste en tener su uniforme de rebelde. Y con el alborozo de un adolescente, no obstante su condición sacerdotal y sus ya cuarenta años de edad, en más de una ocasión recibió en la sacristía a sus más íntimos compañeros del Movimiento con la ropa verde olivo puesta.
Por los secretos canales de la clandestinidad se unió al incipiente ejército revolucionario en Palma Mocha, Sierra Maestra, el 8 de julio de 1957, donde fue recibido por Fidel.
Ofició su primera misa en las montañas el 26 de julio de ese mismo año; allí, se desempeñó como capellán del Ejército Rebelde. Fidel le encomienda enseñar a leer y escribir a los campesinos de la zona y a los miembros de la fuerza guerrillera.
Sus opiniones a favor de la Reforma Agraria, la Campaña de Alfabetización y de otras medidas revolucionarias, su apoyo a Fidel y a la Revolución, le granjearon enemistades en el clero, hasta el punto de que algunos de ellos solicitaran al monseñor Evelio Díaz, que sancionara al padre Sardiñas, le pidiera su renuncia al sacerdocio o simplemente lo expulsara.

Después del triunfo revolucionario de 1959, el sacerdote-comandante de sotana verde olivo, interrogado por un periodista que le formulara la pregunta de por qué se unió a los rebeldes respondería: “Me ofrecí porque sabía que eran cubanos necesitados no sólo de ayuda espiritual, sino porque yo me sentía parte del pueblo, que sufre y desea su liberación”.”Nuestro país tenía que reconquistar su libertad. Y no cabía la vacilación. Por eso partí para Oriente el 6 de junio de 1957″.
Y a otro periodista de Bohemia confesaría en 1959 sus sentimientos cuando conoció del triunfo revolucionario: “Por mi rostro descendían lágrimas cuando recibí la noticia. Me hallaba en las minas de Charco Redondo. Los hombres, las mujeres y los niños se abrazaban. Es imposible explicar lo que sentimos en ese instante. ¡Cuba era libre! (…) La guerra ha terminado. Cumplimos con nuestro deber de sacerdote y de cubano”.
Pero nada mejor para conocer quién fue esta persona singular que las opiniones de aquellos que le conocieron.
En las páginas del libro Fidel y la Religión, el Comandante en Jefe narra que: “…Se le dio el título de comandante en reconocimiento a su jerarquía y sus méritos. Cuando la reacción y el imperialismo trataron de utilizar la religión en contra de la Revolución, el padre Guillermo Sardiñas apoyó la expulsión de los sacerdotes que participaron en actividades provocativas y contrarrevolucionarias. El padre Sardiñas vistió hasta sus últimos días, una sotana verde olivo con los grados de comandante diseñada para él por Camilo Cienfuegos”.
Del padre Sardiñas diría Melba Hernández: “Él no ocultaba su pensamiento revolucionario, el pueblo y todo el mundo lo conocía (…) Usó el púlpito para condenar la tiranía”. “Ya fundado el Ejército Rebelde, nos planteó incorporarse a la Sierra y nos razonó lo útil que podía ser allí”.
El capitán Jorge Enrique Mendoza lo calificó como: (…) “afable, simpático, muy inteligente, con mucha agilidad mental, algo tímido y retraído a veces. Jaranero, bromista, pero cuando se ponía bravo, era de armas tomar”. “El padre Sardiñas era un compañero admirado y querido por todo el Ejército Rebelde comenzando por Fidel y Celia. Al Che y Camilo les vi gestos de inmensa admiración y amistad hacia él”. “No conocí jamás a un compañero del Ejército Rebelde que se expresara mal de él ni que lo rechazara”.
Juan Emilio Friguls, periodista y destacado laico católico lo reconoce como “un revolucionario que para servir a la Revolución no tuvo necesidad de abjurar ni de sus principios religiosos ni de su condición de sacerdote”.
Universo Sánchez, su primer jefe: “Inmediatamente que llegó fue asignado a mi escuadra. Aunque tenía pistola, no era un soldado de combate (…) Compartía totalmente nuestras ideas, incluso aquellas más radicales y profundas. Se fue ganando el cariño de la tropa por su modestia y sus cualidades personales”.
Caridad Diego, jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité del Central del Partido Comunista de Cuba, al hacer uso de la palabra en el acto de conmemoración del 40 Aniversario del fallecimiento de Sardiñas expresó: “Llegó a convertirse en el primer sacerdote católico que se incorporó a una guerrilla revolucionaria en América Latina y tenía la sólida convicción de que era necesaria una transformación radical que solamente podía realizarse a través de una Revolución y una extraordinaria confianza en Fidel Castro para lograrla, (…) Fue un soldado de la fe, un combatiente revolucionario y un cristiano verdadero que defendió a los desposeídos y para servir a la Revolución no tuvo necesidad de renunciar ni a sus principios religiosos ni a su condición de sacerdote.
Este 21 de diciembre se cumplen 50 años de la desaparición física de este ejemplar cubano, patriota y cristiano que muchos llevamos en nuestros corazones y nuestras mentes.

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