LA MEDALLA

Por Alexis Quiala Ferrer

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Como cada vez que me siento a Conversar con el doctor Roberto Hernández, aparece una anécdota o un ciento de su etapa de internacionalista. Hoy, como saludo de fin de año, les traigo esta narración de un alto interés humano.

Bon día “chefe”, puedo hablar con usted.

Buenos días, si, dígame.

Tengo un problema con un oficial y quisiera que me ayudara.

Hable con el político, el puede ayudarlo mejor que yo.

Ya lo hice y me recomendó que hablara con usted.

Estábamos en la base hospitalaria de Luanda y el soldado, ingresado en una de sus salas, herido en combate. El otro era un oficial, dos orientales, buenos soldados.

Yo era el jefe del servicio de medicina y además de la sala de oficiales donde se encontraba ingresado el militar al que hacía referencia el soldado.

Está bien, dime qué puedo hacer por ti.

Mire, el capitán tiene una medalla que es mía y no quiere dármela.

Yo me quedé estupefacto, no era habitual que sucedieran esas cosas. Me quedo expectante y lo estimulo a que abunde en el asunto.

Está ingresado en su sala y como Ud. Sabe yo no puedo ir a verlo a menos que se me autorice, por eso yo vine a verlo.

Lo que no entendía era por qué el capitán se quedaba con la medalla del combatiente. Me explicó que estando en operaciones él tenía la medalla puesta y durante la noche el reflejo de la misma delataba la posición de la tropa, por lo que el jefe le quitó la medalla. él sabía que había incumplido las ordenes, los francotiradores no fallan un blanco como ese, por lo que el capitán le explicó que debía darle la medalla y el comprendió que le estaba salvando la vida no solo a él sino a la tropa.

Lo que no entendía él ni yo tampoco era que después de las operaciones no se la devolviera. El guardia me confirmó que esa medalla se la había dado su madre y que no podía volver sin ella. Se imagina cuando ella me pregunte, no me va creer y yo no puedo volver sin la medalla, ayúdeme por su madrecita, yo se que él lo va a escuchar. Su ruego me había calado hondo. Tomé los datos del oficial y fui a verlo ese mismo día. El capitán me dice que todo lo referido por el soldado era cierto, mi mirada lo fulminó al parecer, hubo un silencio tenso, como si hubiera pasado un ángel. El se percata de había algo que yo no comprendía.

-¿Por qué no le devuelve la medalla?

Me miró con una cara que reflejaba un sentimiento desconocido para mí.

Buscó en su bolsillo y sacó una medalla. Era una medalla de la Virgen de la Caridad, con su cadena dorada, la miré con una curiosidad poco habitual, tenía una abolladura en el centro, lo que hace más grande mi asombro, no articulo palabra,

Lo miro esperando que me responda lo que no alcanzo a preguntar con palabras, todo mi ser está ansioso por escucharlo, lo hago patente y comienza a contarme Asta historia: Ellos estaban ingresados en el hospital por haber sido heridos en un combate, donde ambos tuvieron una participación destacada, derrochando coraje a montones y contribuyeron con su desempeño a elevar la moral combativa de la tropa.

-Yo guardé la medalla en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. No era mi deseo quedarme con ella, se produce el combate donde ambos resultamos heridos. Miré la cicatriz en su pecho y se hizo claro que la medalla había aminorado el impacto, otro habría sido el resultado de no encontrarse con el grosor del metal de la medalla.

– La medalla me salvó la vida, de no ser por ella, me hubiera atravesado el corazón, por eso le imploré al soldado que me la dejara. Yo me quedé atónito, no dije nada y como tenía que darle una respuesta al soldado lo consulté con el político, quien me dio una respuesta salomónica, el asunto es serio, vamos a trabajar en base a eso.

Uno aprende en la vida que las decisiones pueden ser buenas o malas, lo que siempre es malo, es la indecisión.

La vida militar exige un cuidadoso examen de cada decisión, pues está en juego no solo la vida de cada subordinado además de la propia, sin contar con el prestigio del jefe con los que tienen el deber de obedecerlos.

Hice el comentario con mis compañeros de cuarto y el viejo Irmino me dio la solución, compren una medalla y se la dan al soldado, el no va a querer enseñarle a su mamá una medalla averiada y dar una explicación que no la convenza.

Ni Salomón me hubiera dado una idea tan brillante, a los dos días se encontró una medalla similar a la del conflicto y asunto resuelto, pero… la cadena no era igual, era más gruesa, de mejor calidad, pero no era igual, entonces, Irmino, haciendo gala de su infinita paciencia y la sabiduría que dan los años dijo, cambien la cadena.

A los pocos días los combatientes referidos debían volver a Cuba con su misión cumplida y además con las distinciones donde se reconocía su valor en el combate.

El general Tomasevich, jefe de la misión en Angola me pide que haga la entrega a dos combatientes, no solo por el hecho de ser mis pacientes, sino que ellos así lo habían pedido. El Toma, a quien se le conocía como el padre del soldado, se ocupaba en persona de cada uno de ellos, como su médico personal eso estaba claro para mí, lo que no sabía yo era si estaba en su conocimiento el lío de las dos medallas.

La ceremonia eran de lo más modesta. a veces los combatientes estaban en la sala de Terapia y el aparecía a la hora que fuera, participábamos los médicos que estaban de guardia y las enfermeras, siempre le preguntaba a los que recibían las distinciones quien o quienes querían que se las entregasen, a decir verdad era la primera vez que era elegido y al enterarme me dio un vuelco en el corazón. Lo miré con cierto estupor y al verme tan contrariado me dice, ellos lo pidieron, si no puedes me lo dices y no pasa nada, si como no, lo que pasa es que no me lo esperaba, entonces el Toma saca las medallas de combatiente de primera clase, me las da y se la pongo a los dos. entonces saca las medallas con las cadenas y me las da, lo miro con una cara que no puedo, ni quiero describir, me dice, tú debes saber a quién le toca, afirmé con on “si jefe” rotundo y convincente, mi emoción era inmensa, tanto que confundí las medallas, ellos ni chistaron, el jefe los abrazó, los felicitó y luego como en un susurro les dijo” tengo que irme, les deseo buen viaje” y salió.

Yo me quedé con los dos combatientes. Vi en su cara que la disputa iba a comenzar de nuevo. Di un paso hacia ellos y con cara de pocos amigos les dije: Óiganme bien. .Cada uno que coja la medalla que desee, eso es cuestión de ustedes, Y no jeringuen mas. Di media vuelta y los dejé solos…

Cada uno cogió una medalla, me agradecieron la acción y partieron, Esa fue una de las tareas más difíciles que tuve en Angola.

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