Un duelo de Honor

Por Alexis Quiala Ferrer

SUMARIO: En 1871, en plena Guerra de los 10 Años, en un lugar conocido como El Palenque, de la actual provincia de Guantánamo,  el jefe patriota, Guillermo Moncada derrotó en duelo y dio muerte al jefe guerrillero, unido a los españoles, de las escuadras de Santa Catalina del Guaso, el odiado coronel, de origen cubano, Miguel Pérez. (Así lo señalan algunos libros y también ECURED. Pero esta que contaremos es la verdadera historia…)

La invasión a los ricos cafetales y plazas fortificadas de Guantánamo fue una de las más hermosas páginas de nuestra historia mambisa y, como botón de muestra se destaca el duelo entre el integrista Miguel Pérez y el valeroso jefe santiaguero Guillermón Moncada.

Miguel Pérez era el jefe de una de las bandas de traidores pagados por el oro español para perseguir a las familias de los mambises que estaban en el monte, además de asesinar y aterrorizar a los campesinos.

Enterado este bandido de que guillermón y sus hombres invadirían la zona bajo su dominio, donde campeaba por su respeto, mandó a poner en árboles, bohíos, cercas y demás lugares visibles, carteles hasta ofensivos para el jefe mambí.  Uno de ellos expresaba lo siguiente:

Guillermón Moncada, donde quiera que se encuentre. Mambí, no está lejos el día en que pueda sobre el campo de la lucha bañado por tu sangre, izar la bandera española sobre las trizas de la bandera cubana.                                                 Firmado. Miguel Pérez

En los mismos lugares donde encontraba el reto del traidor a Cuba, Guillermón replicaba con sendos mensajes que eran muestra de su sencillez, serenidad y decisión combativa.

Por dicha para mí se aproxima la hora en que mediremos nuestras armas. No me jacto de nada, pero te prometo que mi brazo de negro y mi corazón de cubano tienen fe en la victoria. Y siento que un hermano extraviado me brinde la triste oportunidad de quitarle el filo a mi machete; más, porque Cuba sea libre, hasta el mismo mal es bien.

                                                                           Guillermo Moncada

La noticia trascendió la zona de conflicto y entre militares y civiles se rumoraba de aquella acción. Los integristas le decían a Miguel Pérez: —–¡Eh!, Don Miguel, es que el Moncada ese no aparece… le cogió miedo a tus carteles.

Mientras que los mambises más allegados a Moncada le sugerían:

— No te dejes provocar, tu lucha es por la Patria, no contra un hombre. Pero, en el fondo, ambos bandos querían ver enfrentado a los dos rivales.

El duelo, no tardó en realizarse, aunque no fue de la manera que Miguel Pérez y su pandilla esperaban. Ambas fuerzas se enfrentaron en un combate que duró cinco horas; pudo más el tesón de los mambises, quienes encerraron en un cerco de hierro y fuego a los bandidos de Miguel Pérez con su jefe dentro.

Al caer la noche, y sin rendirse aún, la mayoría de los integristas, con Pérez a la cabeza, trataron de escapar, pero un centinela mambí dio la voz de alarma: –¡Se va Miguel Pérez, se va Miguel Pérez! –

Se movilizó la tropa, el intento de fuga fue frustrado y el traidor cayó en manos de los patriotas. El asesino de patriotas indefensos, mujeres y niños fue traído ante el jefe mambí. Guillermón ordenó a sus soldados:

–Que nadie lo toque, ni se meta en el duelo. Voy a darte la oportunidad que pediste en los carteles. Aunque estoy seguro que, de haber ganado ustedes, yo no la tendría.  Y le dio a Pérez el arma y la oportunidad de defenderse.

El coronel de la contraguerrilla quiso ganar tiempo y le expresó: –Si te gano tus hombres abrirán fuego y nos matarán a todos.

Guillermón lo miró de arriba abajo y le respondió: –Nadie te molestará si me vences. ¡Este es un duelo de honor! —

¿Y si muero?  Volvió a preguntar el integrista. ¿Mis hombres podrán llevar el cadáver a la villa?

Guillermón asintió con la cabeza, y comenzó el combate. Ambos eran muy diestro con el arma blanca… el traidor Pérez era valiente, impetuoso en el combate, mañoso y  experimentado en estar lídes. Pero Guillermón sereno y valiente, fue asentando golpes efectivos con su afilado machete hasta que lo dejó mortalmente herido.  Los acobardados hombres del integrista abatido, que esperaban la muerte, fueron liberados y cargaron con los restos mortales de su jefe.

Días después, junto al parte de la acción, Moncada envió a su jefe Máximo Gómez, las insignias y el arma del jefe de la banda que había aterrorizado los campos guantanameros.

En respuesta Gómez envió a Moncada el consabido regaño y el ascenso a coronel del Ejército Libertador. Así, las fuerzas de Moncada no peleaban con un jefe cualquiera sino que estaban mandadas por un impetuoso coronel mambí. Algo que los llenaba de orgullo.

 

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